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¡Que no te perturbe el timbre!
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Al sonar el ring-ring de la puerta, algunos se sobresaltan. Pero lo más usual es comprobar quien llama, facilitar su entrada y después de cerrar, atenderlo. Nadie se entretiene con el timbre o llamador. Lo que interesa es el recién llegado. Esta sencilla y frecuente acción me ilumina una situación que también sobreviene con periodicidad variable. Me refiero a la llamada del error, ya sea que se revista con la etiqueta de propio o con la de ajeno. En realidad a nadie pertenece. La enfermedad, el conflicto, el dolor o el problema nos sorprenden con la insistencia del timbre. Pero en vez de abrir la puerta y descubrir quien está allí siempre (1), la preocupación y ocupación se centra en lo que sólo consiste en un vacío sonido estridente. Tratar ese aldabonazo a nuestra conciencia es tan loco como dejar en la calle al visitante y detenernos en examinar una y otra vez al timbre. Lo que está ocurriendo siempre es la venida del Cristo a nuestra “casa” para quedarse. Es sabia y fructífera costumbre mantener abierta la puerta a la Verdad desde cada mañana. Pero los aires de este mundo parecen bloquearla frecuentemente. Entonces la ilusión de pecado o enfermedad “tientan”. De algún modo nos avisan que “algo” parece que nos cerró. Es el momento de franquear la entrada al Amor siempre presente y dispuesto a cenar, a convivir, con cada uno de nosotros. La llamada de ayuda o el reto que nos llega, en realidad siempre es una tentación. ¿Qué hacer? No se trata de ponderar “la mentira” gritona. Atenderla a nada conduce. Ella continuará persistente hasta que abramos y saludemos al eterno visitante y no al timbre o llamador. Porque aparte el perfecto e infinito Bien nada ni nadie más hay a la entrada. Por eso, dar la espalda a lo de afuera e introducirnos con Él en lo más dentro. Donde no hace falta hablar. Sólo ceder a lo que proclama la Mente. Esa debe ser nuestra principal ocupación: escuchar al visitante. Los otros sonidos al no ser del Amor son huecos como la campana de la que habla Pablo (2). Así cada reto es una invitación a gozar de la presencia divina, silenciando las molestas distracciones del sonido que la anunció.
(1) «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo». (Ap 3,20) (2) 1 Corintios 13:1.
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