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No olvidemos las alas
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| Vivo en el campo,
rodeado de naranjos. En el porche de la casa tengo una parra que en
Otoño, con el caer de la hoja me deja una alfombra espesa de color
tabaco. Hasta allí se llega por un carril delineado por una frondosa
arboleda de cítricos. Todos los días, al comenzar la tarde, el camino se
puebla de un ejército de pajaritos. Ellos toman el sol mientras picotean
entre la hierba y pían alegres. Cada vez que salgo al portal de mi casa, mis pisadas crujen las hojas secas y levantan una algarabía de jilgueros, gorriones y zorzales que en un "santiamén" desaparecen en las verdes copas de los árboles. Un día no fue así. Algo extraño había en el ambiente. El camino estaba desierto, a excepción, allá, de un pajarito solitario, estático como una estatuita emplumada. ¿Por qué esa mudanza? Era la hora de siempre, con un sol fiel coloreando de alegre belleza el paisaje. Enfoqué la mirada extrañado por el cambio. Y descubrí
la causa. A medio metro de mi erguido gorrión, una culebra mediana e
inmóvil parecía fijarlo con sus ojos al terreno. Y trasladé la conclusión a mi personal experiencia
humana. El cielo libre e ilimitado. |
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