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Despertando
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| Supongo que a todos nos
ha ocurrido algo parecido.
Despertar de un sueño profundo sin saber en que lugar estamos. ¿Y que hacemos? Antes de nada, reconocer la
habitación, identificar donde estamos. Sólo después nos atrevemos a
actuar. Esa es la lógica rutina preliminar. Y así debiéramos
proceder siempre. Cada amanecer exige ese trabajo. No es superfluo sino
necesario para caminar orientados, en vez de perdidos, el resto de la
jornada. Hay que establecerse en la realidad. Y ¿cuál es ésta?
El universo de Dios. El descrito en el pórtico del Génesis. La buena
creación, sacada a la luz por la Palabra. Cuando en el presunto Caos resuena el "Hágase..."
divino, la realidad bendita aparece de inmediato. No hay que esperar.
Sólo oír la Palabra, atender a ella con exclusividad rigurosa. Ese sentir en nuestra semidormida conciencia los
mensajes de la Mente es lo que nos establece en la Verdad necesaria para
en vez de soportar o cargar con ese nuevo día, "vivirlo". Es decir,
disfrutar la Vida. Eso es orar. Escuchar la Palabra, los pensamientos de Dios. Y esa armonía, aparecida al descorrerse la cortina que apenumbra nuestro sueño, es el efecto consecuente de la oración. No se trata de pedir o suplicar cualquier tipo de provisión para las horas venideras, sino descubrirlas, desde el principio, existentes en infinita abundancia en nuestro entorno.
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