A vueltas con la autoestima

 

 

A veces me preguntan por la baja autoestima. Los interrogantes están cargados de tristeza.

Quienes los plantean no se consideran “valiosos”. Siempre prontos a detectar “sus” fallos, nunca se consideran dignos de aprecio. Tales consideraciones aparte de dolorosas son radical y totalmente injustas.

Porque Dios es el único Principio. Él sólo crea perfección. Ya que hacer lo defectuoso es su imposible. Nadie más que Él es responsable de la realidad infinita.

Antes de encontrar la Ciencia Cristiana (1) prescribía pautas de conducta y ejercicios que acrecentaran la estima de los solicitantes de ayuda.

Ahora no.

Porque lo estimable es uno, Dios. “Nadie es bueno, sino uno, Dios.”(2)

Con esta revelación, el tema de la estima está resuelto. El hombre, imagen y reflejo del Bien, según la definición del Génesis (3),  no es el sujeto de la baja ni de la alta autoestima.

Siempre, invariablemente, manifiesta la inmensa plenitud de Dios. La cual ni disminuye ni aumenta a causa de las acciones humanas.

Las buenas obras que reflejamos nos ayudan a ser conscientes de nuestro vivir en un medio que  es todo Amor.(4)

El hambre de aprecio que presentan las victimas de baja autoestima, no se saciará con valoraciones ni alabanzas. Éstas les pueden inflar de vanidad, pero nunca de armonía o felicidad.

Saber lo que somos, nuestra auténtica identidad, es el remedio.

Jamás fuimos, somos o seremos algo depreciado o “insignificante”. Desde la eternidad somos el “signo” de la Excelencia del Espíritu. Considerarnos menos, aunque sea tan sólo un poco, es pretender oscurecer la gloria de Dios.

Solucionar la baja autoestima creyendo en nuestra posibilidad de aumentarla es craso error. Pensar que somos la causa de nuestro poco o mucho precio es errónea terapia. Nada hay que cambiar, salvo despertar a la comprensión de lo real.

Siempre somos por Dios, nunca por nosotros. Esa es nuestra riqueza. Como el papel moneda que vale no por sí, sino por el oro que representa. Y la cifra inscrita en nuestra identidad no es de pocos o muchos ceros, sino infinita.

La equivocación de todo es creer que soy un protagonista, alguien separado de Dios. Desde la primera página de las Escrituras ya se nos informó de nuestra maravillosa condición de imagen del Bueno, del Mejor.


[1] Más bien fue Dios quien me halló. [2] Mateo 19:17 [3] Génesis 1:26 [4] Hechos 17:28