El gran secreto de la visión perfecta...

 

 

(Hoy prefiero recordar sin reflexión añadida la práctica lección que el decano de los Maestros de la Ciencia Cristiana, BICKNELL YOUNG regala a todos en la carta dirigida a su hermana)

 

Quiero escribirte sobre mis ojos. Ha sido una gran cosa alejarme de Nueva York, alejarme de mí mismo.  He aprendido cómo demostrar y voy a decirte cuál es el secreto maravilloso,(1) porque es maravilloso.

 

Es éste:  No ver ni  oír ni informar de ningún tipo de imperfección.  Es ver, oír e informar sobre el bien y solamente sobre el bien, en todo momento y bajo toda circunstancia.  A pesar de todo lo que parezca  ser lo opuesto.  Tomo esta resolución todas las mañanas cuando abro mis ojos por  primera vez y la repaso todas las horas del día.  Veo perfección, una perfecta causa y un efecto perfecto, Dios perfecto y hombre perfecto, y rehúso hacer cualquier tipo de excepción. Me niego a admitir la más pequeña imperfección en mi mismo, en mis amigos, en mis llamados enemigos, en mis asuntos, y en los asuntos del mundo.

 

Tomo mi posición a favor de la perfección de Dios y de todo lo que Él  ha hecho. Miro el mundo con los ojos de Dios y me esfuerzo para verlo como Él lo ve...  Me niego a verlo de ninguna otra manera. Me detengo una docena de veces al día para renovar mi decisión y asegurarme,  de que no estoy representando al error, dando paso al miedo o a la crítica.  Vigilo mis PENSAMIENTOS  SOBRE LAS PERSONAS, los cojos, los viejos, los desagradables (a los sentidos) con quienes me cruzo, y los animales  vagabundos. He tomado mi posición a favor de la perfección de todas las cosas y no, absolutamente no. No abandonaré el patrón de la perfección.

 

El resultado ha sido perfectamente maravilloso, ¡maravilloso!  Pruébalo y te olvidarás de usar tus gafas: llegarán a ser innecesarias. Estarás viendo a través de los ojos de Dios y contemplarás un universo perfecto.  Las condiciones exteriores son cuadros (representaciones, retratos) de nuestro pensar interno:  para cambiar el cuadro, debes cambiar los pensamientos que producen los cuadros.

(1) Este texto se le atribuye a Mary Baker Eddy.