Práctica diaria.

 Mi ser está en Dios, no en la materia. Luego es perfecto y nunca ha sido dañado o ha necesitado de cura o reparación.

Y al todo y a cada uno les está sucediendo lo mismo. Por tanto, no tengo que temer ni preocuparme por nada ni nadie.

No existe nadie agresivo, loco, sufriente, moribundo o agónico, desesperado o necesitado... Las desarmonías que quizás se perciban como propias o ajenas sólo son pensamientos erróneos, no borrados por completo. Nunca realidades.

Al instante debemos volver a la consciencia del Todo, es decir, sentirnos en la presencia de la Mente infinita y su manifestación infinita.