|
Orando por MÉXICO, o “escuchando "ángeles"
|
![]() |
|
Me escriben desde México. Con urgencia. Se palpa el temblor en los relatos. Parece que allá la vida humana nada vale. Cuando su precio es tan infinito como la única Vida que refleja. Me piden que ore. Y entiendo que yo nada he de hablar, pedir, suplicar… Sino sólo escuchar a los ángeles que Dios envía "para guardar nuestros caminos". Que hay más frágil que una barcaza a merced de la furia del mar. Siempre que me visitan noticias de catástrofes o violencia dos pasajes de las Escrituras acuden como mensajes a mi conciencia. El primero está en Lucas 8:22-25. Jesús duerme en calma, mientras todo es zarandeado por la tempestad. Ni el estruendo, ni las olas llegan a la conciencia del Maestro. Ni la preocupación roza su profunda paz. ¿Por qué? El es una ley para sí mismo de día y de noche, en la vigilia y en el descanso. Porque siempre se apoya en la benéfica y todopoderosa Omnipresencia del Padre. Y en nada más, porque nada más hay. Por eso cuando le despiertan angustiados, no le posee el pánico. Es consciente de la totalidad de Dios, que se deriva de su divina infinitud. Sabe que al hombre le fue dado el dominio sobre todo. Y sólo el Bien tiene poder. Etiqueta de “ilusión” lo que los sentidos físicos presentan como terrible amenaza. Y ese nombrar correctamente al mal como lo que siempre es, nada, disuelve lo que sólo es apariencia. Después pregunta a sus estudiantes: “¿Dónde está vuestra fe?” Los Tsunamis, terremotos, tornados, epidemias, atentados terroristas, asaltos a mano armada… no se previenen con arquitectura o ingeniería avanzada, panaceas milagrosas, ni despliegues policiales de élite. Sólo es necesaria esa fe capaz de mover montañas hasta lo profundo del océano. Y no se precisa una gran cantidad. Basta el tamaño de una semilla de mostaza. Ella ilumina el aterrador escenario y nos descubre que siempre estuvimos moviéndonos, no por caminos peligrosos o escondiéndonos en refugios poco seguros, sino en Dios donde siempre vivimos y tenemos el ser. Y así ya podré recitar con propiedad y comprensión el segundo texto que no es otro que el salmo 91. Se trata de poner la esperanza no en guardias personales, sino en Dios, nuestro abrigo y escudo. La fe nos hace conocer el nombre de Dios (1) que no es otro que el Amor. Experimentar el Amor es lo que nos pone a salvo de todo. Escuchar que el Padre-Madre nos ama infinita y gratuitamente. Y el perfecto Amor expulsará el temor y sus aparentes causas. (1 Juan 4:18) ---------------------------- (1) Salmo 91:14 |
|