Haití como síntoma.

 

Hace tiempo mi trabajo se desarrollaba en una zona muy deprimida de Málaga. Pobreza, violencia, robos, drogas… era lo habitual en aquel rincón llamado “calle Los Negros”.

Un día se me preguntó en una entrevista periodística: ¿Cómo se siente en un lugar tan enfermo? A lo que corregí: El mal no radica en calle los Negros. Esto es sólo la llaga de una Málaga enferma.

Ahora, al horrorizarme con la tragedia haitiana, me acude este recuerdo.

Son estampas que distan muchísimo la una de la otra.

Entonces, ¿por qué las asocio?

Creo que ésta es la respuesta: porque quizás pensemos que el problema está en ese trozo del Caribe martirizado por los terremotos y por la miseria. Pero no es así.

Haití es sólo la llaga que nos avisa de la enfermedad mundial. Nos aterra contemplar los síntomas, pero no nos confundamos en el tratamiento.

Habrá que paliar un dolor que es actualidad. Pero sin dar la espalda a su auténtico origen.

Mientras no seamos radicales en las soluciones, habrá más y más “Haitíes”. Con apariencias diversas pero con idéntico común denominador: la catástrofe.

Tranquilizar la conciencia del mundo con las ayudas “humanitarias”,  los aportes económicos y el heroísmo de los voluntarios aunque todo esto es urgente, no basta para evitar futuros semejantes.

Cuando vuelvo la mirada al pasado, siempre me lamento de la escasa productividad de mi trabajo en “calle Los Negros”. A pesar de la fe y el amor que servían de carburantes a mi actividad, sólo se logró que la miseria emigrara a otras zonas. Se vendó aquella herida y se abrieron otras.

Sin olvidar a los que sufren huérfanos de todo, menos de Dios, Haití es un aldabonazo para toda una sociedad adormecida, que nos informa de nuestro estado de salud y sabiamente nos grita: ¿Qué hacer?

La respuesta me la proporciona la práctica de la Ciencia Cristiana. A diario recibo peticiones de ayuda que suelen adjuntar relatos de tragedias individuales.  ¿Qué hago entonces? La tentación es enredarme con la contemplación de las dolorosas descripciones.  La información me empuja hacia una mal entendida compasión.

Pero el tratamiento eficaz es volverme a la Verdad. El caos desaparece cuando nos abrimos al “Hágase la luz”.

Y eso no es evasión.

Hace diez años, mi ser más querido recibió un diagnóstico fatal. Hacía cuatro meses que había descubierto el mensaje del Consolador. La visión que me presentaban los sentidos me hipnotizaba, deslizándome hacia la desesperación. Hasta que comprendí que precisamente porque la amaba mucho tenía que ver su inmutable perfección. Esa era la realidad, por mucho que los sentidos físicos la contradijeran.

Y al final, aprendí para siempre que ese era el camino para salir de nuestro infierno particular.

Hoy oro por Haití del mismo modo. La Vida lo llena todo. El Amor también está allí. Donde se manifiesta en ayuda humanitaria, donde emergen los sentimientos más nobles, el heroísmo de los pacíficos y los solidarios.

Muchos pueden llamar  loca a esa actitud, pero por experiencia estoy convencido que es la única capaz de sanar este mundo, del que Haití es sólo su síntoma.